
Aunque su nombre suele inquietar a los padres, el virus de mano, boca y pie es bastante común en niños pequeños. Sin embargo, su alta tasa de transmisibilidad y la aparición de brotes en lugares cerrados lo mantienen como una prioridad para la salud pública.
Causado principalmente por el virus Coxsackie A16, esta patología que no compromete salud a largo plazo, afecta de manera predominante a menores de cinco años, transformando la rutina familiar debido al malestar que genera y el estricto aislamiento que requiere.
Cronología del contagio
La pediatra de Clínica INDISA, la Dra. Gloria Toro, explica que el diagnóstico es esencialmente clínico, ya que las manifestaciones son muy características. Sin embargo, advierte que el proceso de contagio no es inmediato.
“La fiebre es el primer síntoma que suele presentarse. Posteriormente, los niños tienden a experimentar dolor abdominal y de garganta”, detalla la especialista. No es hasta el segundo día cuando aparecen las señales inequívocas: úlceras en la mucosa oral y vesículas (ampollas duras con líquido) en las palmas de las manos y las plantas de los pies. En algunos casos, el sarpullido puede extenderse a los glúteos y las piernas.
“Contagio invisible”
Uno de los mayores desafíos para frenar la propagación es la existencia de portadores asintomáticos. Según la experta, muchos adultos pueden portar el virus y transmitirlo a los niños sin presentar una sola ampolla.
La transmisión se produce por tres vías principales:
Contacto directo: saliva, mucosidad o el líquido de las ampollas.
Vía fecal-oral: crucial en el cambio de pañales en salas cuna.
Fómites: objetos y juguetes contaminados que pasan de mano en mano.
“La mayoría de los pacientes se recuperan en siete o diez días sin secuelas, pero hemos visto casos donde la enfermedad presenta rebrotes que pueden durar hasta un mes”, advierte la Dra. Toro.
¿Cómo actuar?
Al no existir un tratamiento específico (como un antibiótico), el objetivo es el alivio de los síntomas. El diagnóstico es puramente clínico —mediante examen físico— y el manejo se basa en:
Hidratación: fundamental para compensar la fiebre y la dificultad para tragar.
Alivio local: ofrecer líquidos fríos ayuda a adormecer las molestias de las llagas en la boca.
Aislamiento preventivo: dado que se contagia por secreciones y contacto con objetos, es vital que el niño permanezca en casa para frenar la cadena de transmisión.
¿Cómo prevenir?
Para evitar que el virus se instale en el hogar o el establecimiento educacional, se deben extremar las siguientes medidas:
Aislamiento social: el niño debe permanecer en casa hasta que las lesiones hayan desaparecido por completo.
Higiene de manos rigurosa: especialmente después de ir al baño, cambiar pañales o antes de manipular alimentos.
No compartir objetos: cubiertos, vasos y toallas deben ser de uso exclusivo del paciente.
Protocolo de limpieza: desinfectar superficies y juguetes con soluciones cloradas o alcohol.
“Lo fundamental es mantener la calma y consultar ante los primeros signos de deshidratación o fiebre persistente”, concluye la Dra. Toro. En caso de presentar síntomas, no dude en visitar Clínica INDISA en Maipú o Providencia.




