
“No toda la fatiga es igual”, advierte Óscar Núñez, académico de la Escuela de Kinesiología de la Universidad Andrés Bello. En el Día Mundial del síndrome de fatiga crónica (SFC) y la fibromialgia (12 de mayo) es pertinente destacar que estas patologías suelen confundirse con el desgaste diario, retrasando la consulta médica y perpetuando el malestar.
“En el SFC hablamos de una fatiga incapacitante que no mejora con el descanso y que empeora tras el esfuerzo, incluso uno mínimo. En cambio, en la fibromialgia el síntoma principal es el dolor musculoesquelético generalizado, acompañado de fatiga, sueño no reparador y una alta sensibilidad al dolor”, explica el kinesiólogo. La reducción marcada de la vida social o laboral por más de seis meses, niebla mental, intolerancia al estar de pie o dolor difuso persistente son señales que no deben normalizarse.
En el caso de la fibromialgia, el movimiento es parte central del tratamiento, aunque suele generar temor. “Muchas personas evitan el ejercicio por miedo a empeorar el dolor, pero la evidencia es clara: el ejercicio es la intervención con mayor respaldo científico y la única con recomendación fuerte según guías internacionales”, señala Núñez. Caminatas suaves, ejercicios aeróbicos, trabajo de fuerza, pilates, danza o actividades acuáticas pueden ser altamente beneficiosas si se indican correctamente.
La clave está en comenzar de forma progresiva y supervisada. “Es normal sentir molestias los primeros días; existe un fenómeno fisiológico llamado dolor muscular de aparición tardía, que desaparece con la adaptación. Explicar esto es fundamental para evitar la kinesiofobia y la catastrofización del dolor”, agrega. La educación y una dosificación individualizada marcan la diferencia entre abandono y adherencia.
Para quienes viven con síndrome de fatiga crónica, el principal riesgo es el llamado malestar post-esfuerzo. “Aquí los síntomas no son proporcionales a la actividad realizada y pueden aparecer incluso uno o dos días después, como una especie de ‘resaca física’”, describe el académico UNAB. En estos casos, la estrategia se denomina pacing, o gestión de energía. “No se trata de quedarse en reposo absoluto, sino de mantenerse activo dentro de los propios límites energéticos”, enfatiza. Registrar señales corporales, planificar pausas, alternar tareas físicas y cognitivas, evitar jornadas extensas frente a pantallas y realizar ‘snacks de movimiento’ durante el día son medidas concretas para proteger la energía sin caer en el sedentarismo. “Empujarse como si se tratara de entrenamiento tradicional suele ser un error”, advierte Núñez, quien también subraya la importancia del sueño reparador, una buena alimentación y la ergonomía en el trabajo diario.
Finalmente, la investigación abre nuevas oportunidades. Desde la Universidad Andrés Bello, Núñez participa en estudios que combinan ejercicio de alta intensidad en bicicleta estática con técnicas de neuromodulación para personas con fibromialgia. “Hemos observado mejoras en el dolor y otros síntomas clínicos. La ciencia avanza, pero siempre debe ir acompañada de una mirada humana y personalizada”, concluye.




