
Aunque muchas veces se confunde con un simple dolor de cabeza, la migraña es una enfermedad neurológica que puede llegar a ser altamente incapacitante. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), se encuentra entre las primeras causas de años vividos con discapacidad, superada solo por el accidente cerebrovascular y la encefalopatía neonatal.
“La migraña no es solo dolor. Es una condición que puede paralizar completamente la rutina de una persona, generando un impacto físico, emocional y social profundo”, explica la Dra. Cecilia Cárdenas, neuróloga e integrante del Centro de Neurociencias de Clínica Universidad de los Andes.
En Chile, cerca del 12% de la población la padece, afectando principalmente a mujeres entre los 15 y 55 años, especialmente por cambios hormonales en los periodos de la menopausia, menarquía o ciclos menstruales. Aun así, la prevención sigue siendo fundamental. Identificar los factores desencadenantes como el estrés, los cambios hormonales, la falta de sueño o ciertos alimentos puede marcar la diferencia. El llevar un registro de las crisis durante al menos tres meses ayuda a personalizar el tratamiento y reducir su frecuencia.
Durante una crisis, los síntomas pueden ser tan intensos que impiden trabajar, estudiar o realizar tareas cotidianas, pero en los últimos años, la investigación ha permitido avanzar hacia tratamientos más precisos. “Hoy contamos con medicamentos que actúan sobre receptores específicos del sistema nervioso, lo que ha mejorado significativamente la eficacia y la tolerancia de las terapias”, agrega la especialista.
En casos más severos o de migraña crónica, se pueden indicar terapias con toxina botulínica, neuroestimuladores o técnicas de estimulación transcraneal. “El abordaje debe ser integral, combinando tratamiento médico, autocuidado y acompañamiento emocional. La meta no es solo aliviar el dolor, sino devolver calidad de vida a quienes la padecen”, concluye la Dra. Cárdenas.




